A través del frío vidrio de la ventana del aula, Dieguito miraba el inabarcable firmamento que ese día de invierno se brindaba hermoso y soleado. Las aburridas palabras de la maestra de Lengua, esquivaban los oídos de un joven alumno que por ese instante solo oía para adentro. Un afuera desafiante hacia palpitar de aventuras a un corazón que deseaba ser protagonista una vez mas.
De repente, como si algo dentro de su cabeza hubiera encajado de golpe, Diego se puso de pie y miró firmemente a la maestra a los ojos. Sin emitir palabra alguna, salió arremetido de su banco en dirección a donde estaba sentada María, su dulce amiga y algo más. Tomó a la niña de la mano que luego de hundirse en su mirada, no dudó un segundo y entendió que el destino esa mañana era seguir a Diego a donde sea.
Corrieron a través del pasillo obviando los gritos de una maestra enfurecida que para ese entonces ya había cambiado su guardapolvos impoluto, por las ropas de una bruja medieval. Al grito de un conjuro maléfico, lanzó tras los chicos dos feroces bolas de fuego verde que reventaron los estantes de un asustadísimo buffetero. Diego y María sin embargo, no detuvieron su acelerado paso en dirección a la azotea.
En las escaleras, notaron que al final del recorrido los esperaba el preceptor Juan Carlos, montando un diabólico caballo que exhalaba un denso humo negro a través de su hocico endemoniado. Martín no dubito ante semejante inconveniente y sacó del bolsillo de su viejo guardapolvos, el hasta entonces inútil compás. Haciendo un bollo con el puño de su buzo y con la punta del compás apuntando hacia afuera, le asestó un certero golpe al vidrio de seguridad de la manguera de incendio tomando la iniciativa del ataque.
Ante la reacción del jóven, el terrorífico jinete Juan Carlos arremetió furioso con su caballo hacia ellos, pero antes de que pudiera alcanzar a alguno de los dos, Martín apunto el potente chorro de agua contra las patas del fantasmagórico equino, que no pudo sostener su equilibrio y se desbordó encendido por el pulmón de la escalera.
Una vez en el piso superior, Martín sabia que para llegar al fin a su destino faltaba lo peor, el oscuro laboratorio de la escuela donde los esperaba en el temible profesor de química, el Alquimista Baigorria.
La pequeña escalinata que los llevó la puerta del laboratorio no tuvo sospechosamente ninguna dificultad. Es más, resultó muy extraño el opaco silencio que inundó de repente a toda la escuela. La luz se había ido y las paredes oscurecidas chorreaban un óxido ensangrentado que inundaba los pasillos.
Mientras el aroma a azufre se volvía cada vez mas intenso, desde las aulas se empezó a oir un escalofriante sonido. Era el canto de los niños aun cautivos que recitaban sombriamente una y otra vez, el preámbulo de la constitución nacional.
María comenzó a temblar y Diego lo notó. Con una dulce caricia en el rostro, le rogó que confiara en él. Solo faltaba el último esfuerzo y por ellos, valía la pena luchar. Un beso que parecía llegar por decantación, quedó pagando cuando sorpresivamente la puerta de Laboratorio se abrió a sus pies. En el fondo de la habitación, de espaldas y escribiendo en el aire con una tinta encendida en un idioma incomprensible, el profesor Baigorria los saludaba:
- Los estaba esperando jóvenes insurrectos.
- No te tenemos miedo, bestia inhumana, respondió ya recompuesta María.
Una pausa silenciosa dio lugar a una carcajada sobradora por parte del malvado docente.
-
¡Ustedes se piensan que la vida es tan fácil imberbes indisciplinados! ¡No tienen donde ir, no existe escapatoria de esta institución!...par de ratas contaminantes. Y dando vueltas como un rombo en el aire comenzó a lanzar rayos con forma de tubos ensayo. Ambos jóvenes se lanzaron al suelo y rodaron detrás de unos armarios antiguos, escapando del feroz ataque de Baigorria.
Como un chispazo próximo al estallido, María tuvo una idea. Sabía que el temible Alquimista sufría algún tipo de alergia al polvo. Recordó entonces, que detrás de aquel mueble donde se encontraba la rata en formol, había un viejo pizarrón cuyo portador de tizas jamás fue limpiado.
Sin consulta ni aviso, María soltó la mano de Diego y corrió en búsqueda de su única salvación. El valiente alumno meditó unos segundos con estupor pero enseguida reflexionó. Él debía distraer a su enemigo mientra ella hacía su parte del trabajo.
Un sorbo de aire de victoria le bastó a Diego para salir de entre calentadores y microscopios con tan solo una pata de silla en la mano. Baigorria sacó su puntero y ambos comenzaron a espadear a muerte sobre las mesas de un laboratorio en llamas.
Diego rápidamente noto que su fuerza no era suficiente, frente a un experimentado Alquimista que siempre tenía un truco distinto bajo la manga. Sin embargo en una mirada coordinada por un sentimiento de infinito poder, Diego y María supieron que era el momento justo. Cuando Baigorria creyó tener al alumno a su merced, el joven héroe soltó al cielo su pata de silla devenida en espada, congelando la perpleja mirada de su enemigo mezclador de elementos.
Con la espada por el aire, el Alquimista comenzó a
reír y eso le dio el pie a María para hacer su trabajo. Saltó de entre los muebles al grito de
–¡Pagarás por el cuatro que me pusiste! y lanzó con eficacia un enorme puñado de polvo de tiza sobre el maligno rostro del académico villano. El edificio comenzó a temblar y ante la atónita mirada de los triunfadores jovencitos, el profesor Baigorria se derretía lentamente.
Sin perder más tiempo, ambos cruzaron el salón hacia la soñada puerta de la azotea de la escuela. Arriba los esperaba impecable un enorme y hermoso globo aerostático, listo para el despegue. Diego y María subieron al mágico transporte y se elevaron por los cielos, dejando atrás aquella cárcel de cruda y aburrida realidad.
Mientras el mundo se hacía pequeño a sus pies, el sol abrazaba a los dos retoños que tomados de la mano se miraron fijamente a los ojos, otra vez. Los labios de Diego decidieron cerrar la historia mas maravillosa jamás escrita, cuando inesperadamente el molesto vuelo de una mosca se interpuso entre sus almas.
Peor aún fue cuando aquella mosca chocó contra la fría ventana del aula, intentando escapar en vano una y otra vez. Despertando a los oídos de Dieguito, que no pudieron esquivar más las palabras de la maestra. Así nomás vuelve el jovén poeta, a su simple clase de Lengua.
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